Apadrina el Órgano


A QUIEN SE PERDONA MUCHO, AMA MUCHO

La breve parábola narrada en el evangelio de Lucas 7,41-43 ilumina distintas situaciones de la vida pública de Jesús: frecuenta a los pecadores hasta atribuirse el derecho de perdonarles los pecados. Una prerrogativa que, para los judíos de la época, pertenece sólo a Dios y está regulada por los sacerdotes en el templo.

La parábola es contada mientras Jesús se encuentra comiendo en casa de Simón, el fariseo: por su belleza, merece ser referida la escena en la que está dicha la parábola:

"Un fariseo le rogó que comiera con él, y, entrando en la casa del fariseo, se puso a la mesa. Había en la ciudad una mujer pecadora, quien al saber que estaba comiendo en casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro de perfume, y poniéndose detrás, a los pies de él, comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los ungía con el perfume. Al verlo el fariseo que le había invitado, se decía para sí: «Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, pues es una pecadora». Jesús le respondió: «Simón, tengo algo que decirte». Él dijo: «Di, maestro». «Un acreedor tenía dos deudores: uno debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían para pagarle, perdonó a los dos. ¿Quién de ellos le amará más?». Respondió Simón: «Supongo que aquel a quien perdonó más». Él le dijo: «Has juzgado bien», y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: « ¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella, en cambio, ha mojado mis pies con lágrimas, y los ha secado con sus cabellos. No me diste el beso. Ella, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. No ungiste mi cabeza con aceite. Ella ha ungido mis pies con perfume. Por eso te digo que quedan perdonados sus muchos pecados, por lo que ha mostrado mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor muestra». Y le dijo a ella: «Tus pecados quedan perdonados». Los comensales empezaron a decirse para sí: « ¿Quién es éste que hasta perdona los pecados?». Pero él dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado. Vete en paz».

La hospitalidad que Jesús recibe en casa de Simón, el fariseo, es de una embarazosa intimidad. La ocasión es ofrecida por una de las habituales invitaciones a comer que Jesús acepta de buen grado. Durante la comida se presenta una mujer que debía ser conocida en la región por la mala fama. Sin ser invitada y sin pedir permiso a nadie, se acerca a Jesús, le baña los pies con las lágrimas, los seca con los cabellos, los besa y los rocía de perfume. Sus gestos desconciertan porque se trata de una pecadora, como rápidamente es etiquetada por Simón.

Sin embargo, la atención de Simón no se concentra sobre la pecadora, sino sobre Jesús: ¿cómo puede ser considerado profeta uno que se deja lavar los pies de aquel modo? Por tanto, bajo juicio no está la mujer, rápidamente liquidada como pecadora, sino Jesús que, dejándose tocar por ella, se contamina de su pecado. La pecadora realiza algunos gestos que desconciertan a Simón y a los convidados. Con las manos, las lágrimas y los cabellos contaminan a Jesús. ¿Cómo transmitir un evangelio tan escandaloso? ¡Sólo una parábola puede hacer comprender el escándalo provocado por Jesús!

La pasión de Jesús por los pecadores está cargada de humanidad y es gratuita, sin segundas intenciones. La breve parábola clarifica lo que se está verificando en casa de Simón. ¡Es tan breve como incisiva y da en el blanco! Para no revelar inmediatamente el impacto de la parábola sobre la situación, habla de dos deudores y de un acreedor.

Como de costumbre, Jesús no llama a los deudores y al acreedor por su nombre, sino que fija la atención en el centro del relato. El mismo acreedor debe recibir del primer deudor quinientos denarios y del segundo cincuenta. La desproporción es notable porque los cincuenta denarios del segundo deudor se multiplican por diez en la suma del primer deudor. Para hacerse una idea, cincuenta denarios corresponden a casi dos meses de trabajo, mientras que quinientos denarios equivalen a más de un año y medio de trabajo dependiente. Jesús precisa que los dos deudores no pueden restituir las sumas debidas y son agraciados por su acreedor.

A los personajes de la parábola no se les da ninguna palabra: no se refiere ningún diálogo entre los deudores y su acreedor. Toda la atención se concentra sobre el verbo «fueron agraciados», que expresa la afirmación de la gracia para los deudores. Y es la gracia del acreedor la que genera la pregunta de Jesús a Simón: « ¿Quién de ellos le amará más?».

Simón no se da cuenta todavía de que es parte en causa y responde que el deudor al que ha sido perdonada la mayor suma de dinero, es el que amará más a su acreedor. ¡Su respuesta lo desenmascara y lo inculpa! Si hubiese estado más atento a la parábola, habría recordado que, puesto que cualquier pecado es una deuda que se contrae, sólo la gracia puede colmar la deuda que todos tienen con Dios. Se ve que Simón no consigue superar el trauma por la gracia que Jesús concede a la pecadora.

La parábola cede el puesto al descubrimiento de la situación. Simón es como el deudor de dos mensualidades laborales que además no ha dado el agua a Jesús para los pies, no le ha dado un beso, ni le ha ungido la cabeza. La pecadora es como la deudora que debe un año y medio de trabajo: no conseguiría nunca saldar la deuda. ¡La única vía de salida es la gracia para los dos!

El impacto mayor de la parábola sobre la situación se refiere a la relación entre el perdón de los pecados y el amor de la pecadora. Por desgracia muchas traducciones vierten la frase del v.47 con: «Le son perdonados los pecados porque ha amado mucho». En realidad el original en lengua griega expresa la consecuencia de la remisión de los pecados: «Le son perdonados los pecados por lo que ha amado mucho». Si no le fuese perdonada una culpa tan grande no estaría en situación de amar. La mujer es capaz de amar porque le ha sido dada una gracia sin condiciones.

La segunda parte de la respuesta de Jesús confirma el primado de la gracia: «A quien poco se le perdona, poco amor muestra» (v.47). La afirmación conecta la parábola con la vida: quien no ha sido alcanzado por el amor gratuito de Dios, no está en condiciones de amarlo. Durante una sola comida Jesús escandaliza a todos los huéspedes: « ¿Quién es éste que hasta perdona los pecados?» (v.49). La pregunta comprende la respuesta más lógica: « ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?» (Le 5,21). Y para que Dios pueda perdonar los pecados es obligatorio expiarlos según la Ley. Jesús se apropia un derecho divino y no humano; el suyo es un abuso de poder.

Sin embargo, precisamente este abuso salva la distancia entre la parábola y la realidad del encuentro en casa de Simón. Con el poder de perdonar los pecados a una pecadora, Jesús sintoniza con el modo de actuar de Dios; y lo hace porque reconoce la fe que la pecadora ha tenido, desde el comienzo, en su poder de perdonar los pecados. Si, informada de su presencia en casa de Simón, corrió a comprar un perfume costoso y superó cualquier obstáculo, es porque estuvo sostenida por una confianza inquebrantable: Jesús es capaz de perdonar pecados, como un acreedor al que se deben quinientos denarios.

La fe es la única condición que Jesús pide para ser salvados; es el denominador que aúna sus milagros. Perdonar el pecado a una pecadora es como curar a un paralítico o a un ciego: en las dos situaciones es la fe la que salva, no el milagro. Dirijámonos a la parábola del rey misericordioso, narrada en Mateo 18,23-35. Como en la parábola de Lucas 7,41-43, se habla de un acreedor (el rey) y de dos deudores (los siervos): el primer siervo debe al rey diez mil talentos; su súplica suscita la compasión del rey, que le condona la deuda.

Desgraciadamente, apenas salido del palacio, el mismo siervo encuentra a un compañero que le debe cien denarios: lo injuria de malas maneras y hace que lo metan en la cárcel. La desproporción de las deudas es incalculable: en la época de Jesús un talento correspondía a diez mil denarios; diez mil talentos es una suma inconcebible respecto a los cien denarios que el segundo siervo debe al primero. En la práctica, con un semestre de trabajo, el segundo siervo habría podido saldar la deuda, mientras que el primer siervo jamás habría podido extinguir su deuda con respecto al rey. ¡Pero la gracia que el primer siervo recibió del rey fue inútil! Informado de lo acaecido, el rey lo condena: «Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?» (Mt 18,32-33).

Entonces el siervo fue entregado a los verdugos hasta que saldase una deuda imposible de colmar durante una vida entera. La conclusión de la parábola es dramática: «Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano» (Mt 18,35). La Iglesia se compone de siervos a los que se ha condonado una deuda desmesurada para que estén en condiciones de perdonar a los otros siervos. ¿Qué pasaría con un cristiano que pusiera condiciones a la misericordia de Dios, aun habiendo recibido el mandato de perdonar hasta setenta veces siete o por siempre?(Mt 18,21-22) ¿Se es capaz de reconocer que la misericordia de Dios aventaja cualquier pecado humano y que no debería transformarse nunca en un derecho adquirido para uno mismo y en una concesión para el otro?

Con Jesús la misericordia de Dios se acerca a la miseria humana y la redime transformándola en la gratuidad de un amor sin condiciones. No hay episodio más íntimo en los evangelios que aquel verificado en casa de Simón: una pecadora que toca los pies de Jesús, los lava con las lágrimas, los seca con los cabellos y los besa con los labios. Según los evangelios, a nadie, ni siquiera a su Madre, ha concedido Jesús esta intimidad. La misericordia de Jesús redime la miseria humana no rozándola, ni tocándola apenas, sino acogiéndola.


17/12/2015 09:00:00