Apadrina el Órgano


En el Occidente cristiano no hubo escuelas filosóficas o teológicas claramente determinadas, pero tuvo teólogos y filósofos de primer orden. Los Padres griegos llegaron a Occidente gracias a san Hilario y san Jerónimo, que permanecieron pendientes de Oriente, mientras que san Ambrosio y san Agustín son netamente occidentales y a ellos pasó el cetro de la cultura patrística. San Agustín nació en Tagaste en el año 354, de padre pagano y madre cristiana, cuando hacía ya cuarenta años que Constantino había reconocido al cristianismo el derecho a ser una religión más dentro del imperio. Bajo el cuidado de su padre comenzó su educación en Tagaste y la continuó en Madaura; a los diecisiete años asistía ya a la escuela de retórica de Cartago.

La lectura del Hortensius, de Cicerón, le atrajo a la filosofía al plantearle los problemas de la verdad y del mal. Aprendió el dominio de la palabra, la gracia de la dicción y las técnicas retóricas. Para él fue siempre una actitud casi natural el componer un discurso, estructurar las ideas y escoger las palabras. Pero si la retórica fue el oficio de san Agustín, la filosofía fue su predilección, ya que detrás de la retórica percibía siempre un modo de ver el mundo. San Agustín siempre se sintió atraído por la búsqueda interior de la verdad como ideal de vida, de modo que el ideal de la elocuencia dejó paso al ideal filosófico. Quizá la sinceridad de sus Confesiones dio pie a la exageración a la hora de describir sus desvaríos juveniles. Lo cierto es que en Cartago se enamoró de una joven de la cual no conocemos el nombre, a la que guardó fidelidad y con la cual convivió. Después de una temporada en Roma, obtuvo la cátedra de retórica en Milán.

Al comprobar las contradicciones de la doctrina maniquea pasó de una inicial adhesión a esta doctrina a un cierto distanciamiento crítico. San Agustín empezó a desconfiar del mismo poder de la razón y entró en lo que él llama “el tiempo de su duda”, mostrando un pasajero interés por el escepticismo. En Milán entró en un círculo neoplatónico; leyó los escritos de Plotino y los de Porfirio, que le causaron una gran impresión. San Agustín quería disfrutar racionalmente del ser Divino, pero enseguida descubrió que este deseo era imposible si no dejaba de resistirse a un cambio espiritual profundo; se veía a sí mismo como alguien que se escondía para no escuchar la llamada de Dios a la conversión. Su debate interior se resolvió en una iluminación decisiva que él narra en un texto precioso.

Se retiró a un jardín donde oye unas voces; tomó la Biblia y leyó al azar: “Revestíos de Nuestro Señor Jesucristo; no os preocupéis de la carne para satisfacer vuestras pasiones”. San Agustín toma por fin su decisión: se convierte a la fe cristiana; presenta la dimisión de su cargo y se hace bautizar por san Ambrosio. Reza, medita y escribe, mientras busca un guía intelectual que sea capaz de ofrecerle la novedad cristiana en toda su integridad. Volvió a África y se estableció en la propiedad familiar de Tagaste donde fundó una especie de cenobio de seglares que vivían retirados con prácticas ascéticas encaminadas a crear un ambiente favorable a la contemplación; allí escribió Las Confesiones.

Pronto fue consagrado Obispo de Hipona, a sus cuarenta años, aceptando que su deseo de ocio contemplativo se subordinase a las exigencias de un ministerio activísimo. Con precisión al elaborar sus sermones y buscando a menudo imágenes sugerentes, escribió una importante parte de su obra con polémica y como respuesta a problemas que se encontraba en su ministerio, especialmente contra los donatistas, los pelagianos y los arrianos. La antigüedad tardía llegaba a su fin y quedaba definitivamente atrás el período de persecuciones, pero ahora era urgente evangelizar al pueblo pagano que pedía el bautismo.

San Agustín perteneció a una clase dirigente que empezaba a surgir, formada por gente de extracción modesta y de disposición voluntariosa que triunfaba basándose en el prestigio de sus propias capacidades. Sencillo, franco, sociable, seguro de sus capacidades, le gustaba compartir compañía y conversación con sus amigos, pero también era celoso de su intimidad y del silencio. La personalidad de Agustín era rica, compleja, incluso contradictoria: afectuoso y distante, cordial y solitario, sensual e idealista, seducido por la acción y amante de la soledad. Su obra fue enorme y en ella trató extensamente todas las cuestiones: el sentido de la existencia, el enigma de la conciencia, el sentimiento de culpa, el origen del mal, el destino de Roma, el valor de la retórica, la hermenéutica bíblica, la predicación popular etc.

Los problemas elegidos y el vocabulario que usa son los de un filósofo helenista y un escritor de la antigüedad tardía. San Agustín se daba cuenta de que los hombres cultos de la antigüedad, escépticos y tolerantes, eran incapaces de aceptar el misterio cristiano de la encarnación, por ello los dos temas alrededor de los cuales aglutina sus reflexiones teológicas fueron la incredulidad de los paganos y la fe de los cristianos. El saqueo de Roma por los visigodos en el año 410 conmocionó el imperio, y los paganos acusaron de ello a los cristianos.

San Agustín se dio cuenta de la gravedad de la acusación y organizando todo el material que había ido acumulando a lo largo de sus años, escribió el ambicioso tratado La ciudad de Dios para mostrar que la fe o la incredulidad eran las dos grandes opciones de todo hombre. Murió el veintiséis de agosto del año 430, a los setenta y seis años, cuando los vándalos empezaban a asediar Hipona.


07/07/2017 09:00:00