El pensamiento de san Agustín es una exploración del mundo interior que lleva a la culminación el proceso de interiorización emprendido por los filósofos griegos, de modo que puede considerarse a san Agustín como el precursor de la moderna filosofía de la subjetividad. La conciencia es “la soledad que no frecuentamos”; abandonando el hombre exterior y buscando siempre el hombre interior, san Agustín consigue armonizar a la vez la tradición bíblica con la platónica, ya que la mens -el corazón en lenguaje bíblico- es la sede del hombre interior, la parte más noble del alma, a la cual llama intellectus cuando la considera como capacidad de ser iluminada por Dios.

En la formación intelectual de San Agustín existen siempre dos grandes núcleos que son Dios y el alma. Como él mismo escribe: “Dos problemas inquietan a la filosofía: uno concerniente al alma, el otro concerniente a Dios. El primero nos lleva al conocimiento de nosotros mismos; el segundo, al conocimiento de nuestro origen”. Existe un eje horizontal que va del exterior hacia el hombre interior y que le permite el descubrimiento de la intimidad; y otro eje vertical que va de lo inferior a lo superior que le permite el acceso a la trascendencia divina. Dios, sin dejar de ser trascendente al hombre, le es máximamente inmanente, de forma que este doble movimiento se vuelve uno sólo, el que va desde la interioridad, en la que el sujeto creyente se encuentra a sí mismo, hacia la búsqueda de Dios.

El lenguaje religioso de Las confesiones refleja este sentimiento de proximidad y de lejanía de Dios. San Agustín al buscar el conocimiento que permite establecer estas relaciones de inmanencia y de trascendencia desarrolla una verdadera teoría cristológica del conocimiento. El ámbito en el que transcurre el conocer es un medio divino, y fiel a su visión platónica del mundo, describe ese proceso cognitivo a través de la metáfora de la luz.

La divinidad es un medio luminoso gracias al cual se hace visible aquello que es inteligible; esta luz no es una potencia cognoscitiva divina e impersonal, sino que es el Dios amante, el maestro interior que quiere ser buscado en la intimidad del alma racional. Quien vuelve a sí mismo vuelve al principio de su ser y el alma se conoce a sí misma cuando descubre a Dios presente en ella. San Agustín no siente la necesidad de demostrar racionalmente la existencia de un Dios que se le muestra con evidencia; en todo caso, las pruebas racionales son únicamente señales de un camino que nos lleva a Dios pero no procesos estrictamente demostrativos. En estas pruebas la relación de causalidad está sobriamente indicada, pero ésta no ocupa el nudo de la argumentación. La mens trasciende progresivamente el estrato físico, sensorial, racional e ideal de la realidad hasta llegar a la verdad inmutable que es Dios.

La comprensión del misterio trinitario no está al alcance del creyente mientras está en este mundo. Todas las acciones divinas, y especialmente la creación, tienen por sujeto un principio único, que es la esencia de la Trinidad y no precisamente una de las tres personas divinas. No obstante, podemos descubrir algunos vestigios de la naturaleza trinitaria de Dios en la creación y de modo muy particular en los actos interiores de la mente, como son el conocimiento y el amor de sí mismo.

Cuando san Agustín toma la memoria, la inteligencia y la voluntad como vestigios de la Trinidad en la conciencia desarrolla una especulación trinitaria evidente. Buscando imágenes trinitarias en la actividad psíquica no solamente prepara el lenguaje con el que se expresarán más tarde los místicos medievales, sino que inaugura para el pensamiento occidental una capacidad introspectiva hasta entonces desconocida.

San Agustín reconoce que cuando hablamos de la Trinidad, nuestro lenguaje no expresa bien lo que pensamos, pero esta distancia racional del alma respecto de Dios no es un abismo infranqueable, ya que aquello que no puede discernir la argumentación discursiva lo puede comprender la clarividencia de la mente iluminada por Dios por la unión de un contacto espiritual. Este contacto divino tiene más de místico que de discursivo y posee la dulzura serena y embriagadora que acompaña a todo conocimiento estético, aunque sólo dure un instante.


14/07/2017 09:00:00