La primacía de la voluntad fue una de las líneas fundamentales del pensamiento de San Agustín. En el hombre todo es voluntad porque todo es tendencia, y la voluntad expresa el dinamismo por el cual los seres racionales tienden a obtener su fin que es la felicidad. San Agustín define la voluntad como pondus amoris , el peso del amor, aunque la voluntad es sólo un medio bien, ya que puede igualmente conducirnos a conseguir el fin o a alejarnos de él. Por la conversio, (conversión) el hombre se dirige a su fin, pero por la perversio (perversión) nos apartamos de él y caemos en el pecado.

El mal proviene de la libertad de la voluntad ya que sólo la libertad humana hace que el mal sea real. El pecado es el movimiento de la voluntad que libremente se aparta del Bien supremo y es la causa de una degradación ontológica por la que el hombre pierde la armonía original entre el cuerpo y la razón. San Agustín piensa que el mal del mundo tiene su última explicación en el pecado de Adán, una especie de pecado colectivo que amenaza al individuo y lo encamina hacia el mal, y desarrolla una severa teoría del pecado original como falta imputable a todos y transmitida por descendencia biológica.

Acudiendo a la propia experiencia, San Agustín elabora también una teología de la gracia como la única fuerza, que no es la propia sino de Dios, capaz de vencer el mal. San Agustín vive la mayor parte de su vida retirado en una provincia africana, con las preocupaciones inmediatas propias de un obispo provinciano. Aunque está al corriente de los grandes debates del momento, la vanguardia del pensamiento cristiano era griega y ningún latino podía compararse con Orígenes o los Padres capadocios. San Agustín entendía el griego con dificultad, y necesitaba traducciones que le llegaban a través de San Jerónimo o de Rufino. Algunos malentendidos a propósito de la traducción de textos de Orígenes enemistaron a San Jerónimo con Rufino, y, como consecuencia, alejaron a San Agustín del pensamiento oriental. San Agustín tuvo que pensar por su cuenta, y así, sin quererlo, llegó a ser original. Desde entonces, los teólogos latinos pudieron dejar de leer a los griegos o hacerlo sólo parcialmente de modo que fue el genio de San Agustín el que diversificó la tradición cristiana latina de la griega.

Las doctrinas agustinianas, diversamente interpretadas, configuraron el patrimonio común del cristianismo latino. Todos los medievales hasta el siglo XIII parten del convencimiento de que fe y razón son inseparables; admiten la ejemplaridad de las ideas divinas; la iluminación del conocimiento y la prioridad de la voluntad; aceptan los vestigios de la Trinidad en la actividad espiritual; explican la experiencia mística con términos extrapolados de esta interpretación psicológica de la Trinidad; consideran con pesimismo las posibilidades de la naturaleza humana y exageran el papel de la gracia.

Cuando llegue la modernidad, esta búsqueda de la interioridad, desamparada de toda teología, se convertirá en una metafísica de la experiencia interior que servirá de modelo a toda filosofía de la subjetividad. En San Agustín encontramos ya planteada no sólo la defensa de la fe con argumentos racionales sino la mutua ayuda entre fe y razón. Fue precisamente el conflicto entre fe y razón el que le apartó de la Iglesia y por esto más tarde, ya convertido, insistirá en que el intelectual, para creer, no debe abdicar de sus exigencias racionales. Razón y fe se mueven en planos distintos, cada uno con su propia autonomía, y no sólo no son incompatibles, sino que se ayudan mutuamente. Escribe San Agustín: “Los que creen están libres de la temeridad de los que opinan. Tócanos ahora considerar que razón existe para que no vayamos en pos de los que prometen guiarnos con la razón. Ya se ha declarado que no es deshonroso seguir a los que nos mandan creer. Pero hay hombres, y no pocos, que piensan que acudir a los que prometen razones no sólo no implica deshonra, sino que es timbre de gloria. Pero no es como dicen. Hay dos clases de hombres religiosos que son dignos de loa. Aquellos que ya han encontrado la religión y que es preciso tenerlos por dichosos; otros que la andan buscando con honda ansiedad y están muy bien orientados. Aquellos están ya en su posesión, éstos caminan por donde es seguro que la hallarán. Hay, además, otras tres clases de personas que merecen censura y son aborrecibles: unos son sofistas o teóricos, es decir, que se creen conocer la religión, pero de hecho no la conocen. Los segundos se percatan de su ignorancia, pero no ponen suficiente diligencia para poderla conocer. Los últimos piensan que no la conocen, ni desean tampoco conocerla. Asimismo, hay en el alma tres operaciones que parecen ser cada una continuación de la otra y que es conveniente discernir: entender, creer y opinar. Si se las considera aisladamente el entender está siempre libre de todo defecto. La segunda admite alguna falta. La tercera tiene la secuela lógica de la imperfección. Comprender las cosas grandes, honestas e incluso las divinas constituye la suma dicha. Entender las cosas superfluas no acarrea daño ninguno, el dedicarse a su estudio consumió el tiempo, acaso necesario, para otros estudios. Tampoco ahí hay que temer daño ninguno del mero hecho de comprender lo que es malo”.

La razón es básica, aunque en la reflexión sobre los misterios, la fe le es precedente. “Dios está muy lejos de odiar en nosotros esa facultad por la que nos creó superiores al resto de los animales. Él nos libre de pensar que nuestra fe nos incita a no aceptar ni buscar la razón, pues no podríamos ni aún creer si no tuviésemos almas racionales. Pertenece al fuero de la razón el que preceda la fe a la razón en ciertos temas propios de la doctrina salvadora, cuya razón todavía no somos capaces de percibir, lo seremos más tarde. La fe purifica el corazón para que capte y soporte la luz de la gran razón. Así dijo razonablemente el profeta: “Si no creyereis no entenderéis”.

Aquí se distinguen sin duda alguna dos cosas: se da el consejo de creer primero para que, después, podamos entender lo que creemos. Por lo tanto, es conforme a la razón el mandato de que la fe preceda a la razón. Ya ves que, si este precepto no es racional ha de ser irracional, y Dios te libre de pensar tal cosa. Luego, si es racional que la fe preceda a cierta gran razón que aún no puede ser comprendida, sin duda alguna, antecede a la fe esa otra razón, sea la que sea, que nos persuade que la fe puede preceder a la razón”.

San Agustín consagrará la primera fórmula del trabajo de los teólogos y filósofos en la Edad Media: “Entiende para creer y cree para entender”. Y así escribe: “Pensar, pues, en este pescador santo, justo, bueno, lleno de Cristo, en cuyas redes, echadas por todo el mundo, había de ser pescado este pueblo. Recordad que él dijo: “Tenemos un testimonio más firme, el de los profetas”. Concédeme que en aquella controversia el juez sea el profeta. ¿Qué traíamos entre manos? Tú decías: “entienda yo y creeré”. Yo, en cambio decía: “cree para entender”. Surgió la controversia. Vengamos al juez, juzgue el profeta. Mejor, juzgue Dios por medio del profeta. Callemos ambos. Ya sea oído lo que decimos uno y otro. “Entienda yo”, dices, “y creeré”. “Cree”, digo yo, “para entender”. Responde el profeta: “Si no creyereis, no entenderéis””. “Si te es posible creer”, dice el Señor Jesús al padre del niño, “¿si te es posible creer?, todo es posible para quien cree”. Él, mirándose a sí mismo y puesto en presencia de sí mismo, sin confiar temerariamente, sino examinando antes su conciencia, observó en sí mismo algo de fe. Pero vio también la duda. Vio una y otra cosa. Confesó tener una y pidió ayuda para la otra. “Creo, Señor”, dijo, ¿qué debía añadir sino “ayuda mi fe”? Pero no dijo esto. “Creo, Señor. Veo aquí algo, por eso no estoy mintiendo. Creo, digo la verdad. Pero veo también no sé qué cosa que me desagrada. Quiero tenerme de pie, más vacilo aún. En pie estoy hablando, no he caído, pues creo. Sin embargo, todavía vacilo. Ayuda mi incredulidad”.

De donde se infiere que, aquel supuesto adversario de cuya oposición ha nacido la controversia, para dirimir la cual pedí un profeta de juez, no emite palabras vacías de significado cuando dice: “entienda yo y creeré”. Pues ciertamente, lo que ahora estoy hablando lo hablo para que crean los que aún no creen. Y sin embargo, si no entienden lo que hablo, no pueden creer. Por lo tanto, en cierto modo es verdad lo que él dice: “entienda yo y creeré”. También lo es lo que digo yo con el profeta:” más bien cree para entender”. Decimos la verdad ambos, pongámonos de acuerdo. En consecuencia: “Entiende para creer, cree para entender”. En pocas palabras os voy a decir cómo hemos de entenderlo sin controversia alguna: “Entiende para creer mi palabra, cree para entender la Palabra de Dios”.

Esta mutua ayuda entre fe y razón exige la distinción de sus objetos propios. San Agustín insiste en que, antes de creer, el objeto de la razón natural son las razones que tenemos para aceptar la fe; mientras que, después de creer, el objeto de la inteligencia es la fe misma, la verdad creída. Usa de la filosofía tanto en el sentido apologético de defender la verdad ante los errores paganos como en el sentido teológico, en cuanto que la razón puede ilustrar los contenidos de los misterios creídos, de modo que fe y razón construyen un edificio armónico. No se trata de una simple cristianización de la filosofía griega sino más bien de la inserción de la filosofía griega en el pensar cristiano; no hace descender la ciencia cristiana al nivel de la filosofía griega, sino que hace ascender la filosofía platónica al nivel de la teología cristiana.


21/07/2017 12:05:00