Apadrina el Órgano


 
 
                                    
         Celebración de los 775 años de la confirmación de la Orden. Basílica de la Mercè. Barcelona




Esta orden religiosa se fundó en 1218 en Barcelona de la mano de San Pedro Nolasco, un joven mercader de telas, con el apoyo de Jaime I el Conquistador y el obispo Berenguer II de Palou, con el objetivo de redimir a los cristianos cautivos de los musulmanes. Hoy se dedica a la asistencia de los más necesitados.


LOS MERCEDARIOS 

La orden cuenta con un millar de miembros y más de 150 conventos. De su presencia inicial en Europa, llegó a tener una amplia representación en América del Sur. Los mercedarios se dedican a asistir a los más necesitados con cuidados pastorales en parroquias, con la asistencia de sacerdotes en las cárceles, a la acción educativa y asistencial en favor de los jóvenes abandonados, marginados o desfavorecidos en paises de misión.

ESCUDO- Simbología



Escudo basado en el de Cataluña y que tiene sus orígenes en los blasones heredados de la Corona de Aragón y que remite al Condado de Barcelona y la lucha contra los Normandos. Metales: oro significa nobleza y benignidad; plata, pureza e inocencia; rojo, amor y caridad. Cruz blanca reminiscencia militar de la Orden; Hábito e imsignia de las Órdenes de los cruzados medievales. Corona de los reyes de Aragón, particularmente de Jaime I, El Conquistador.

ORÍGENES

La advocación de María de la Merced está ligada a la labor carismática de la orden religiosa mercedaria, nacida en Barcelona con san Pedro Nolasco, su fundador, mercader original, naturalizado ciudadano barcelonés. Supo descubrir el sufrimiento de los cristianos cautivos en poder de musulmanes, y se empeñó, con un grupo de compañeros, primero usando su personal patrimonio, y luego recolectando limosnas, en ejercer el ministerio de la caridad eximia: ayudar, visitar y redimir cautivos. Cuando faltaba dinero para comprar su libertad, rescatándolos de las mazmorras africanas, se obligaban todos a quedar en rehenes, esperando que llegasen sus compañeros con el dinero previsto. Si esto no sucedía a su debido tiempo, estaban dispuestos a entregar su propia vida.

Esta caridad suprema fue una gran novedad y una gran merced, un gesto de misericordia. A partir de esta experiencia, se llega al acto fundacional en la catedral de Barcelona -con la presencia de Nolasco y los suyos, el joven rey Jaime I y el obispo Palou- el 10 de agosto de 1218. La Iglesia dará su confirmación pontificia con la bula Devotionis vestrae, expedida por el papa Gregorio LX, estando en Perusa, el 17 de enero de 1235. Así, la Orden de la Merced es reconocida como nueva orden de redención -acababa de nacer la orden de la Trinidad, en París- con la diferencia de que los mercedarios eran laicos, y Nolasco se comprometió a entregar todos los bienes a la labor redentora, guardando únicamente lo indispensable para vivir. Aceptan la regla de san Agustín, visten el blanco hábito de Santa María, y en su escapulario portan el escudo con la cruz blanca de la catedral de Barcelona, con fondo rojo, sobre los cuatro palos rojos, en fondo dorado, del escudo del Reino de Aragón, donado por el rey Jaime I. Era, por lo demás, como una especie de «salvoconducto» ante los jefes mahometanos. Siempre estará presente en los religiosos mercedarios la vivencia maternal de María. Su respuesta se traduce en los precisos gestos de amor liberador en favor de los cautivos.



Así, poco a poco, se va identificando la obra de merced con la advocación a María, hasta unificarse en la expresión originaria de María de la Merced. La vinculación de la advocación al surgimiento de la obra liberadora -como hemos señalado-, realizada por los religiosos de la Merced, y por los fieles, es una realidad constatable en los casi ocho siglos de historia. Es, ciertamente, un admirable testimonio de difusión y extensión de su culto, asociado, indisolublemente, a la obra de liberación redentora ejercida en su nombre. Los primeros religiosos dedican, muy pronto, las iglesias a María. Cuando Jaime I, en 1237, hace donación de una parcela en El Puig (Valencia), donde hallan un relieve de Santa María, edifican una iglesia en su nombre: Santa María de El Puig. Y cuando se construye la primera iglesia en los terrenos de Barcelona, junto al mar, donados por Plegamans, se consagró a María de la Merced. Andando el tiempo se elevó a categoría de basílica. Y sigue el mismo proceso, a lo largo de los siglos, cada vez que los mercedarios y mercedarias abren un templo o capilla allí donde se establecen para ejercer su carisma propio.

Cuando -ya desde el segundo viaje colombino, en 1493- se asumió el reto de la evangelización de todo el continente americano, llamado el «Nuevo Mundo», al ser seleccionados los mercedarios junto a las tres órdenes mendicantes -franciscanos, dominicos y agustinos- por los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, se sumaron a esa empresa gigantesca, evangelizadora, abriendo caminos nuevos, creadoramente, y llevando en una mano el Evangelio y en la otra la imagen de María como Madre de la Merced. Esto explica la honda y permanente devoción mariano-mercedaria que pervive en el continente americano. Su elección como patrona de capitales y ciudades de varios países -Argentina, Ecuador, Perú, Santo Domingo...- así como en diócesis, pueblos y templos; y la innumerable toponimia, antigua y nueva, en todas partes, es un indicio y testimonio claro de que su devoción que estuvo, y sigue estando, vinculada a la misión El siglo XIX no logró borrar la huella de la Merced, a pesar de sus crisis profundas y cambios radicales. Y el final de las redenciones tradicionales en zonas musulmanas, lo mismo que la disolución de las provincias de la orden en algunos países tuvo como contrapartida el nacimiento de numerosos institutos religiosos femeninos con la advocación mercedaria. Actualmente continúa la vivencia del carisma, y su extensión, a través de los religiosos y religiosas, fraternidades laicales y amigos de la Merced que, animados por el amor a María, ofrecen su específica forma de liberación en los cinco continentes ocupados en numerosas obras de misericordia: ¡Sigué viviéndose, adaptado a los "signos de los tiempos”, el mismo compromiso con los oprimidos de hoy!



 

SIGNIFICADO

Es inseparable, en la vida de San Pedro Nolasco, la profunda experiencia de Dios y su entrañable amor a María: De esa conjunción nace la Orden de la Merced para la redención de los cautivos. La palabra merced era sinónimo, para los medievales, de misericordia, la misericordia especial de redimir al cautivo, gesto gratuito lleno de compasión hacia los privados de libertad en las mazmorras sarracenas. Este término superaba el sentido estrictamente «piadoso». El fundador, profundamente devoto de María, ha tenido un momento trascendental de inspiración divina que lo impulsó a fundar la orden. Nolasco responde poniendo bajo la protección de María la obra por él iniciada, presentándola así como maternal misericordia, a la vez que como rostro liberador de Dios-Amor. Ella, la Madre del Redentor, se compadece del sufrimiento de los hermanos de su Hijo, subyugados bajo el poder de los mahometanos; se duele del llanto de los oprimidos, y envía redentores mercedarios a continuar y actualizar la liberación de Cristo. El documento más antiguo -las llamadas Constituciones americanas (1272)- señala la justificación de esta nueva orden en la Iglesia en estos términos: «Dios..., Padre, Hijo y Espíritu Santo..., por su misericordia y su gran piedad, determinaron fundar y establecer esta orden, llamada Orden de la Virgen María de la Merced de la redención de los cautivos..., de la cual disposición constituyeron servidor, mensajero, fundador y favorecedor, a fray Pedro Nolasco».



Existe, en dichas Constituciones, una expresa voluntad del legislador de considerar como una intervención divina el origen de la orden, que se denomina ya de la Virgen María de la Merced. En un primer momento los frailes interpretaron la voluntad del fundador en clave trinitaria. Dios, Padre de las misericordias, quiso enviar a su Hijo Jesucristo como redentor de todo el género humano, oprimido por el pecado y la muerte. La misma Trinidad es la que manda a Nolasco, y a sus frailes, «para visitar y redimir a los fieles que se encuentran cautivos, en poder de musulmanes, y de otros enemigos de nuestra ley». En un segundo momento, apenas distanciado, tanto entre los frailes, como entre los fieles, el compromiso redentor se expresa en clave mariana. La intervención de la Virgen María en la fundación viene recogida por el general-historiador de la orden, Nadal Gaver, en su obra Speculum Fratrum (1445). La narración tiene una innegable connotación liberadora, aludiendo a la vocación de los grandes profetas y patriarcas, especialmente Moisés ante la zarza ardiente (Ex 3, 1 ss.).
 
Cuando María inspira la fundación de la orden a san Pedro Nolasco, se escenifica en el siguiente diálogo:

«Nolasco: -¿Quién eres tú que a mí, un indigno siervo, pides que realice esta obra difícil, de tan gran caridad, que es grata a Dios y meritoria para mí?

María: -Yo soy María, aquella en cuyo seno asumió la carne el Hijo de Dios, tomándola de mi sangre purísima, para reconciliación del género humano. Soy aquella a quien dijo Simeón, cuando ofrecí mi Hijo en el templo: “Mira, éste ha sido puesto para ruina y resurrección de muchos en Israel; ha sido puesto como signo de contradicción; y a ti misma una espada vendrá a atravesarte el alma”.

Nolasco: -¡Oh Virgen Maía, Madre de gracia, Madre de misericordia! ¿Quién podrá creer? María: -No dudes en nada, porque es voluntad de Dios que se funde una orden de este tipo en honor mío: Será una orden cuyos hermanos y profesos, a imitación de mi Hijo Jesucristo, estarán puestos para ruina y redención de muchos en Israel, y serán signo de contradicción para muchos.»



Los expresado en las Constituciones de forma trinitaria es expresado aquí de forma mariana: Es una reflexión posterior de lo que constituye el centro mismo de la Merced. Y su gran novedad radica en una conciencia colectiva: ¡María es considerada la fundadora de la orden! Me parece interesante, y significativo, dejar constancia de este aspecto especial: La devoción mariana de Nolasco se traduce en su misión de actualizar la obra de la Redención. María está siempre junto al Redentor. La devoción, pues, a María de la Merced ha nacido en la Iglesia a raíz de la misión redentora de los mercedarios. Se distingue, ciertamente, en la experiencia fundacional un doble camino: es camino redentor, en cuento por él se actúa y realiza la obra de ayudar, visitar y redimir; y, al mismo tiempo, es camino mariano, en cuento el mercedario se sabe enviado por María a ofrecer la merced-misericordia de la libertad. María de la Merced es misericordia y liberación. Éste es el mensaje más profundo de dicha advocación. María se une, de una manera íntima y visible, a la obra redentora de su hijo: ha cooperado, desde antes de la redención, con su sí integral, y ha ofrecido su vida entera para que el Hijo de Dios pudiera encarnarse y entregarse por la reconciliación de la humanidad. Asociada a la obra de la redención humana, continúa sufriendo hasta la consumación del Reino. (Es éste un modo humano de expresarse, dado que María está ya en el Reino con su Hijo, y allí no puede sufrir. Pero en cuanto el «Cristo total», aquí abajo, sufre en sus miembros, también podemos decir que ella sufre). La advocación: la Virgen de la Merced vincula claramente a Cristo Redentor, lleva a la configuración con Cristo: ¡No es posible vivir sin la dimensión cristológica!

 

 

DEVOCIÓN LITÚRGICA Y ACTIVIDAD LIBERADORA

La imagen de María de la Merced más solemne y antigua que existe es la que preside su basílica en Barcelona (siglo XIV). Es también la más «teológica». Sedente, con el Niño en su regazo, como «Trono de la Divinidad», según las tallas románicas y góticas de María. El Niño ofrece el escapulario mercedario devocional. Sin embargo, existen multiplicidad de re-producciones de María de la Merced, de tipo «popular» y expresivo, barrocas o actuales: de pie, vestida con el hábito blanco y el escudo en el escapulario; con el Niño en brazos; sin el Niño; con los brazos abiertos; ofreciendo las cadenas de los cautivos, que sus devotos tienen que romper; o, ya rotas, como obra de la liberación activa... Su fiesta se celebró un tiempo el 10 de agosto -en recuerdo fundacional de la orden-; más tarde pasó al 8 de septiembre, fiesta de la Natividad de María; y, finalmente, desde el siglo XVII, se celebra el 24 de septiembre, la misa propia se recogió oficialmente para toda la Iglesia, con ligeras variantes respecto al «propio de la orden», en misas de la Virgen María (1987).

Insistimos: lo más característico de la devoción mercedaria es el carácter de compromiso, de caridad liberadora, que supone e imprime en sus devotos. María de la Merced es el modelo de una Iglesia que quiere ser liberadora; es la imagen más perfecta de la libertad y de la liberación de una humanidad cautiva de los demás, e incluso de sí misma. En ella contemplamos la victoria del amor divino, que ningún obstáculo puede detener, y descubrimos a qué grados de sublime libertad eleva Dios a los humildes, como María reconoció en su «Magnificat». Desde el siglo XIII, María de la Merced manifiesta y expresa esta función liberadora, invitándonos a entregar la vida por los demás, con esperanza escatológica del Reino futuro, a partir de la actividad realizada en este mundo. Ella es Madre de Cristo y de cautivos y liberadores. Una auténtica devoción a María, en su advocación de la Merced, nos permite estar disponibles para participar con ella en la liberación de los oprimidos. Es una llamada constante a todos para estar atentos a los problemas actuales de los derechos humanos quebrantados, del peligro de perder la fe, de las nuevas cautividades institucionalizadas hoy día; y, bajo su amparo y protección, y a imitación de la obra liberadora que inspiró, ser capaces de constituimos en servidores de los oprimidos.

Tienen razón nuestros teólogos al distinguir, en la devoción mariano-mercedaria, tres rasgos esenciales:
a) Momento de veneración: María se presenta, desde el Evangelio, como Madre y protectora del cautivo. Los mercedarios le llaman, con afecto filial, Madre de la Merced. La invoca el redentor y descubre su presencia entre los lejanos de su patria; según las palabras de la salve: «Dios te salve, Reina y Madre de misericordia..., a ti llamamos los desterrados...»
b) Momento de iluminación: María sigue empeñada, por Cristo y como Cristo, en la tarea transformadora de la Historia. El redentor se siente interpelado por esa perentoria tarea.
c) Momento del compromiso: amar a María significa ponerse al servicio de aquellos que se encuentran oprimidos y privados de libertad. Vistas así las cosas, la advocación de María de la Merced pertenece al más preciado tesoro y corazón de una Iglesia que debe anunciar el evangelio de la libertad y quiere ser liberadora. ¿Cómo podríamos dudar de la actualidad de este título, que, siendo «mercedario», es vitalmente cristiano?

PEDRO MARIANO LABARCA ARAYA Maestro general de la Merced




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