Acogida inspirada en la misericordia, primer objetivo del Plan Pastoral

El trasfondo doctrinal de los tres objetivos del nuevo Plan Pastoral Diocesano se encuentra sobre todo en la bula de convocatoria del Año Santo. Por ello, de cada uno de los tres objetivos, empezamos buscando una reflexión doctrinal en la bula y después pasamos a unas reflexiones de carácter más operativo, que quieren ser como una justificación de algunas de las acciones concretas que el Plan Pastoral propone indicativamente para cada uno de los objetivos. Una característica de las megápolis, donde actualmente vive el 52% de la población mundial, es la soledad, el aislamiento y el individualismo.

La Iglesia ha de prestar el servicio de acoger a esta multitud de personas que están solas. Y debe ser una acogida inspirado en la misericordia. Es muy importante tomar conciencia de que todas las actividades eclesiales que hacemos los cristianos deben surgir de un corazón misericordioso. El Papa Francisco nos dice que “la misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia”. Ciertamente, la credibilidad de la actividad eclesial pasa a través del camino del amor misericordioso y compasivo. ¿A quién tenemos que acoger? Hemos de acoger a todos, sean quienes sean. Pero especialmente a los que se encuentran en las periferias geográficas y existenciales que las grandes ciudades van creando e ignoran. En el reciente Congreso de Pastoral de las Grandes Ciudades, se constataron las muchas situaciones de precariedad y de sufrimiento que hay en el mundo de hoy, también en nuestra sociedad, y se dijo que “la alternativa al rechazo es la misericordia. Incluir los excluidos, recordar los olvidados, recoger y acoger a los descartados, estimar a los que son invisibles para la sociedad equivale a descubrir a Cristo en los pobres. Este es un descubrimiento fundamental que la Iglesia ha de hacer en la gran ciudad. Los pobres muestran en la Iglesia al Cristo sufriente y por eso mismo la evangelizan (cf. EG 198): la Iglesia distribuye la palabra del Evangelio a los pobres sirviéndoles en el corazón y sobre todo en el espíritu (cf. EG 200), y recibe este mismo Evangelio, en un intercambio extraordinario que fecunda la gran ciudad en su conjunto”.

Pienso que este objetivo pastoral nos da trabajo a todos y a todas las parroquias y comunidades. Hay que tener una actitud acogedora inspirada en la misericordia, que es lo que hoy necesitan muchas personas para encontrar el rostro misericordioso de Dios. Sobre la acogida, propuse unas reflexiones en la carta pastoral Vivir la fe y edificar la comunidad cristiana del año 2013, comentando uno de los objetivos del anterior Plan Pastoral, el dedicado a la pastoral de la iniciación cristiana, especialmente en el apartado titulado “Acoger, dialogar y acompañar”. Considero que estas reflexiones sobre la acogida son muy actuales.

La Iglesia y los cristianos debemos tener una actitud constante de acogida de toda persona que necesita ser acogida. Y con esta acogida como expresión de la misericordia ofreceremos también el diálogo y el acompañamiento de nuestros familiares, amigos, vecinos y de toda persona. Siguiendo al Papa Francisco, señalo también tres palabras que nos pueden ayudar a hacer una revisión y reflexión conjuntas sobre este objetivo pastoral: acoger, dialogar y acompañar. Las parroquias deben ofrecer una buena acogida a todo el mundo. La acogida es el primer contacto que tiene la Iglesia con quien viene, que a veces son personas que mantienen poca relación con instituciones de Iglesia. Por eso, hay que ofrecerles una acogida exquisita.

La acogida es fruto y expresión del amor a Dios y del amor al prójimo característicos de nuestro ser cristiano. Es también algo connatural a la Iglesia, porque ella ha recibido de Jesucristo la misión de engendrar maternalmente nuevos hijos de Dios, siempre y en todas partes, y de alimentarlos abundantemente. Todos los pastores, y también los fieles, debemos imitar al Buen Pastor que acogió a todas las ovejas, las condujo a buenos pastos y fue a buscar a la oveja perdida. Jesús nos da a todos ejemplo de acogida tanto de los que vienen a nosotros como de aquellos que tenemos que ir a buscar. El acogedor debe mirar las personas y sus situaciones humanas y religiosas con una mirada de amor y con la actitud que indican estas palabras de Jesús: “No he venido a condenar el mundo sino a salvarlo”.

Como afirma el Concilio Provincial Tarraconense, “la Iglesia no debe condenar al mundo que el Hijo de Dios ha venido a salvar, sino que debe aceptar y amar a la sociedad actual porque es la nuestra; porque, en ella, las mujeres y los hombres de buena voluntad se esfuerzan por descubrir la verdad y el bien”.

Por ello, hay que descubrir, contemplar, amar, agradecer y celebrar la presencia y la obra de Dios en cada persona que es acogida por la Iglesia. Este reconocimiento de la iniciativa gratuita de Dios podría apaciguar la inquietud que nace de nuestro posible protagonismo errado y da el tono y la actitud adecuados para hacer una buena acogida. El acogedor, junto con el amor y la misericordia, debe tener muy clara la identidad de lo que se pide por parte del que viene y del que se puede ofrecer por parte de la Iglesia. Una acogida bien hecha no consiste en decir sí a todas las peticiones y deseos de las personas acogidas; consiste en acoger a las personas en coherencia con la identidad eclesial. Cuando no sea posible acceder a la petición formulada, habrá que dar razonar de los motivos. En esto radica a menudo la cruz del acogedor. La acogida debe ir acompañada del diálogo. Necesitamos acoger para escuchar al que viene y pide algo. 

En el curso del diálogo acogedor podemos conocer y entender mejor la persona que es acogida, así como sus motivaciones religiosas y posibilitar un itinerario de relación y vinculación con la comunidad parroquial. La acogida pide capacidad de diálogo, que muchas veces se realiza en un contexto que se puede tipificar de entrevista o de reunión. El diálogo es bien connatural en la Iglesia, ya que ésta debe realizar su misión proponiendo y ofreciendo la Buena Nueva de Jesús a todas las personas, a todos los grupos ya todas las culturas. Pablo VI, que dedicó su primera encíclica al diálogo, afirma que "la Iglesia debe mantener el diálogo con el mundo en el que tiene que vivir."


26/11/2015 09:00:00