El diálogo es bien connatural en la Iglesia, ya que ésta debe realizar su misión proponiendo y ofreciendo la Buena Nueva de Jesús a todas las personas, a todos los grupos y a todas las culturas. Pablo VI, que dedicó su primera encíclica al diálogo, afirma que “la Iglesia debe mantener el diálogo con el mundo en el que tiene que vivir. La Iglesia se hace palabra. La Iglesia se hace mensaje. La Iglesia se hace coloquio”.

Y Juan Pablo II afirmaba que el diálogo pastoral es “una obligación fundamental de la Iglesia en los diversos ambientes y niveles”. Toda la historia de la salvación narra este diálogo largo y variado entre Dios y el hombre, que parte de Dios, el cual mantiene con el hombre una admirable conversación. La evangelización implica una mediación insustituible que es la comunidad cristiana. Por ello, es “indispensable desarrollar un estilo de parroquia acogedora y dialogante, donde todos puedan encontrarse como en casa”.

Esto pide que sus miembros sean acogedores y dialogantes para con todos los que se acerquen a la comunidad. Y en este sentido ha sido muy explícito el Concilio Provincial Tarraconense cuando afirma que “nos queremos comprometer aún más a favor de la comunidad cristiana, capaz de relación y de diálogo con la gente que desconoce a Cristo, a la que puede ofrecer una acogida cordial que es el rostro vivo y concreto del mensaje evangélico”. El acompañamiento es la tercera actitud y actividad de los que acogen, y está muy de acuerdo con la naturaleza maternal de la Iglesia, la cual, como las madres, es acogedora y acompaña siempre a sus hijos. Hay que imitar a Jesucristo, que vivió largamente con los discípulos y les acompañó, ya que los eligió “para que estuvieran con él”.

El acompañamiento del pastor ha de llegar también a los que tienen una responsabilidad eclesial, como por ejemplo a las catequistas y los catequistas. El trabajo de formación, de preparación y de realización de un servicio eclesial en el seno de la comunidad cristiana pide que quien lo realiza cuente con un acompañamiento continuado. Esto le ayudará en los momentos de dificultad o de desánimo y también en los momentos de éxito para vivir las mismas actitudes de Jesucristo, que “no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por todos”.

El Directorio de la Parroquia, de la Conferencia Episcopal Tarraconense, de 21 de enero de 2001, al hablar del grupo de personas más responsables y activas en las tareas pastorales, pide que “haya un solícito acompañamiento de estas personas, tanto para acompañar y alimentar su fe como para que ellas también sean abiertas y acogedoras de todos”. Dentro de las acciones propuestas a toda la archidiócesis como acciones coherentes con este objetivo, está la acogida y el acompañamiento que ya se ofrece a los esposos en situación de crisis y de los esposos cristianos divorciados y casados de nuevo para ofrecerles un servicio diocesano de asesoramiento en orden a una posible declaración de nulidad de su matrimonio canónico.

Las familias cristianas que ya viven en las periferias geográficas y existenciales, como iglesias domésticas han acoger a vecinos, amigos y conocidos para manifestarles la misericordia de Dios para con ellos y para ofrecerles el anuncio de la Buena Nueva del Evangelio de Jesús. Estaremos muy atentos a los frutos del Sínodo de los Obispos sobre la familia del próximo mes de octubre de este año. El Papa Francisco ha querido que, pocas semanas después de la Asamblea Sinodal del próximo octubre, comience el Año Santo extraordinario de la Misericordia. Tras la lectura del Instrumentum laboris sobre la familia, tema de la Asamblea sinodal, mi impresión y mi esperanza es que esta Asamblea sinodal esté en sintonía con el Año Santo de la Misericordia y concretamente con el contenido de la bula pontificia Misericordiae vultus, ofreciendo a las familias de todo el mundo un rostro de la Iglesia verdaderamente misericordioso.

La acogida, hemos de practicarlo también con nuestros hermanos inmigrantes que viven entre nosotros. Muchos de ellos, cristianos, participan en nuestras comunidades cristianas y en las celebraciones litúrgicas. El Papa recuerda que el tema de la misericordia está muy presente en el judaísmo (Antiguo Testamento) y en el islam (el Dios Misericordioso y Clemente). Por eso nos pide que “este Año Jubilar vivido en la misericordia pueda favorecer el encuentro con estas religiones y con muchas otras tradiciones religiosas y nos haga más abiertos al diálogo para conocerlas y comprendernos mejor, elimine toda forma de distanciamiento y menosprecio, y aleje cualquier forma de violencia y de discriminación”.

¿Qué quiere el Papa en este próximo Jubileo? Él mismo nos responde diciéndonos: “En este Jubileo la Iglesia será llamada a curar aún más estas heridas, a aliviarlas con el aceite de la consolación, a vendarlas con la misericordia y a curarlas con la solidaridad y la debida atención. No caigamos en la indiferencia que humilla, en la rutina que anestesia el ánimo e impide descubrir la novedad, en el cinismo que destruye.”

El cristianismo tiene una tradición de realismo y el Papa Francisco da una prueba evidente al decirnos, frente al Jubileo: “Abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, y sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio. Que nuestras manos aprieten las suyas, y que los acerquemos a nosotros para que sientan el calor de nuestra presencia, de nuestra amistad y de la fraternidad. Que su grito se vuelva nuestro y juntos podamos romper la barrera de la indiferencia que suele reinar soberanamente para ocultar la hipocresía y el egoísmo.”


03/12/2015 09:00:00