Cuando María es creada se rompe la desesperanza, cuando lleva a Cristo al templo despunta la redención, en el mundo se abre la esperanza. Ésa es la peculiaridad de María, aurora que anuncia al sol. Ella vivió en todo momento en dimensión de esperanza, en Belén y en la cruz, en la resurrección y en el anhelo del Espíritu, siempre humilde y sacrificada. Esa respuesta esperanzadora la constituye, como afirma san Alfonso María de Ligorio, universal distribuidora de las gracias: “Dios, que nos dio a Jesucristo, quiere que todas las gracias que han sido, son y serán dispensadas a los hombres hasta el fin del mundo por los méritos de Jesucristo, sean dispensadas por las manos y por la intercesión de María”.

Y elevada al cielo es la mira esperanzada de todos los mortales. Desde la cuna hasta la muerte, cuando sufrimos, cuando gozamos, Ella es la dulzura y la esperanza. La estrella que orienta a los hombres. Madre. Para los cristianos cautivos, los mercedarios eran la única esperanza. Hundidos en el cenagal de la desesperanza, sólo ellos podían emergerlos, con la redención, con la visita, con la bocanada de aire puro. Y hoy seguimos el mismo signo, con María y por María.

En el cometido que nos señaló hace 800 años. Esperanzamos en las cárceles, en los colegios, en los hospitales; a los enfermos, a los ancianos, a los disminuidos, a los pisoteados. Pero en la vida de todos hay un momento de exaltación sublime de la esperanza o de la desesperación, el trance inexorable de muerte. Ahí es cuando se hace vehemente la presencia maternal de María. Aleccionador lo cuenta nuestro Tirso de Molina de fray Gonzalo de Ulloa, un ángel más en el cielo para asistir a su Majestad eterna: “proficiente en los estudios y en la virtud, fue encargado de cuidar la capilla e imagen de nuestra Señora de los Remedios; limpiábale el altar, barría el santuario, atizaba la lámpara... todos sus recreos eran esta Señora y su adorno. Pagóselo su Majestad Virgínea con acercársele más, llevándole consigo. Dióle la enfermedad última y, tan breve, que a pocos días desesperaron de su vida los doctores. Llevó como un ángel pacífico las incomodidades y dolores; recibió gustosísimo los santos sacramentos, y al tiempo de expirar, como si fuera a bodas, se rio regocijado y haciendo alegres demostraciones de cortesía y agasajo dijo: Apártense, Padres, dejen llegar a esa hermosísima Señora, mucho más bella que los ángeles.”

Fr. Joaquín Millán


05/01/2017 09:00:00