La advocación de María de la Merced está ligada a la labor carismática de la orden religiosa mercedaria, nacida en Barcelona con san Pedro Nolasco, su fundador, mercader original, naturalizado ciudadano barcelonés. Supo descubrir el sufrimiento de los cristianos cautivos en poder de musulmanes, y se empeñó, con un grupo de compañeros, primero usando su personal patrimonio, y luego recolectando limosnas, en ejercer el ministerio de la caridad eximia: ayudar, visitar y redimir cautivos.

Cuando faltaba dinero para comprar su libertad, rescatándolos de las mazmorras africanas, se obligaban todos a quedar en rehenes, esperando que llegasen sus compañeros con el dinero previsto. Si esto no sucedía a su debido tiempo, estaban dispuestos a entregar su propia vida. Esta caridad suprema fue una gran novedad y una gran merced, un gesto de misericordia. A partir de esta experiencia, se llega al acto fundacional en la catedral de Barcelona -con la presencia de Nolasco y los suyos, el joven rey Jaime I y el obispo Palou- el 10 de agosto de 1218.

La Iglesia dará su confirmación pontificia con la bula Devotionis vestrae, expedida por el papa Gregorio LX, estando en Perusa, el 17 de enero de 1235. Así, la Orden de la Merced es reconocida como nueva orden de redención -acababa de nacer la orden de la Trinidad, en París- con la diferencia de que los mercedarios eran laicos, y Nolasco se comprometió a entregar todos los bienes a la labor redentora, guardando únicamente lo indispensable para vivir. Aceptan la regla de san Agustín, visten el blanco hábito de Santa María, y en su escapulario portan el escudo con la cruz blanca de la catedral de Barcelona, con fondo rojo, sobre los cuatro palos rojos, en fondo dorado, del escudo del Reino de Aragón, donado por el rey Jaime I. Era, por lo demás, como una especie de «salvoconducto» ante los jefes mahometanos. Siempre estará presente en los religiosos mercedarios la vivencia maternal de María. Su respuesta se traduce en los precisos gestos de amor liberador en favor de los cautivos.

Así, poco a poco, se va identificando la obra de merced con la advocación a María, hasta unificarse en la expresión originaria de María de la Merced. La vinculación de la advocación al surgimiento de la obra liberadora -como hemos señalado-, realizada por los religiosos de la Merced, y por los fieles, es una realidad constatable en los casi ocho siglos de historia. Es, ciertamente, un admirable testimonio de difusión y extensión de su culto, asociado, indisolublemente, a la obra de liberación redentora ejercida en su nombre. Los primeros religiosos dedican, muy pronto, las iglesias a María. Cuando Jaime I, en 1237, hace donación de una parcela en El Puig (Valencia), donde hallan un relieve de Santa María, edifican una iglesia en su nombre: Santa María de El Puig. Y cuando se construye la primera iglesia en los terrenos de Barcelona, junto al mar, donados por Plegamans, se consagró a María de la Merced. Andando el tiempo se elevó a categoría de basílica. Y sigue el mismo proceso, a lo largo de los siglos, cada vez que los mercedarios y mercedarias abren un templo o capilla allí donde se establecen para ejercer su carisma propio.


26/01/2017 09:00:00