La oportunidad del Año Santo extraordinario

El Santo Padre nos invita a centrar todo el Jubileo en la contemplación de Jesucristo. En la bula, en un primer párrafo de gran densidad teológica, el Papa nos dice:

“Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre. El misterio de la fe cristiana parece encontrar su síntesis en esta palabra. Ella se ha vuelto viva, visible y ha alcanzado su culmen en Jesús de Nazaret En la plenitud del tiempo (Ga 4, 4), cuando todo estaba dispuesto según su plan de salvación, Él envió a su hijo nacido de la Virgen María para revelarnos de manera definitiva su amor. Quien lo ha visto a Él, ha visto al Padre (cf. Jn 14, 9). Jesús de Nazaret, con su palabra, con sus gestos y con toda su persona, revela la misericordia de Dios.”

El Papa tiene muy buenas razones para proponer al mundo el tema de la misericordia. Nuestro mundo, como se constató en el reciente Congreso Internacional de Pastoral de las Grandes Ciudades, se urbaniza de forma acelerada. Y la vida en estas grandes metrópolis es una vida a menudo dominada por el anonimato, la soledad, el individualismo, la violencia y el miedo.

Ante estas situaciones, la Iglesia quiere prestar su ayuda también a los ciudadanos de las megápolis así como a los de todas partes. Siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia. La misericordia es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida.

La misericordia es la vía que une a Dios y al hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser estimados a pesar del límite de nuestro pecado.

Por ello, Francisco desea que el Jubileo extraordinario sea un tiempo en el que tengamos fija la mirada en la misericordia para poder ser también nosotros mismos signo eficaz del obrar del Padre. El Jubileo debe ser un tiempo propicio para hacer más fuerte y eficaz el testimonio de los creyentes. Esta es la intención fundamental del nuevo Plan Pastoral: en una sociedad de individualismo y de anonimato, crear células de comunión y de solidaridad, verdaderas comunidades cristianas que humanicen la vida urbana, como expuse en mi carta pastoral del curso pasado, Una Iglesia samaritana en medio de las grandes ciudades.

Ante la cultura urbana, la casa y la casa cristiana que es la parroquia, el movimiento o las diversas instituciones cristianas, debe ser el lugar del encuentro y del testimonio, de la acogida y de la vivencia de la fraternidad, el lugar en que nadie sea descartado. Recordemos la importancia que tienen en el magisterio de Francisco la cultura del encuentro y la vivencia de la fraternidad.

(Carta pastoral del Cardenal de Barcelona)


23/10/2015 08:50:00